Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo, más conocida como Alicia Alonso, nació un 21 de diciembre de 1920 en La Habana, murió a los 98 años, había ingresado este jueves en un hospital de La Habana por una bajada de la presión arterial.
Lucho contra los prejuicios de su época, su ceguera e incluso contra el bloqueo de Cuba para la danza; catalogada como ballerina assoluta, rango que muy pocas bailarinas han conseguido en la historia.
Fue una de las primeras bailarinas occidentales invitada a bailar en el Teatro Kirov (hoy de nuevo Mariinski) de Leningrado y el Teatro Bolshói de Moscú en plena Guerra Fría, desde diciembre de 1957 a febrero de 1958 bailando Giselle y Lago de los cisnes.
Presentando bailes energéticos, alegre, técnica impoluta y calidad interpretativa.
Reinventó clásicos como Giselle, que fascinó a generaciones de amantes del ballet, bailarines y coreógrafos. Ella no hacía de Giselle, ella era Giselle, como ya dijo Maurice Béjart: “Alicia nació para que Giselle no muriera”
Desde el primer momento los que la vieron bailar explican que destacaba sobre el resto de bailarines de la sociedad. A sus 18 años, y ya en Nueva York se casó con el también bailarín Fernando Alonso, que estudió con ella desde sus inicios; adquirió su apellido y un año más tarde de su unión tuvieron a Laura, su única hija. A partir de este momento Alicia dedica su vida en cuerpo y alma para perfeccionar su técnica mientras se ganaba la vida actuando en musicales.
Desde el principio de su carrera su mayor obstáculo fue los problemas de visión; con 20 años, comenzaba a bailar papeles solistas en el Ballet Theatre (que en 1956 pasará a llamarse American Ballet Theatre), se le desprendieron las retinas de ambos ojos.
Sufriendo con múltiples operaciones y un año en cama, llena de cojines para moverse lo menos posible; ella comentó que se año le sirvió para evaluar todos los pros y contras de su enfermedad y para repasar mentalmente todo el repertorio clásico para volver en plenas facultades a los escenarios.
Después de este tiempo bajo los cuidados de su madre, tuvo que recurrir a la cortisona , para controlar la visión, subiendo de peso; decidiendo sacrificar su visión para poder bailar, abandona su tratamiento a base de corticoides y se centra en disfrutar de su gran amor, la danza.
Naciendo el mito, donde la bailarina Alice sólo ve sombras, pero “baila como nadie”, desarrollando trucos escénicos para combatir esa oscuridad que se cernía en su mirada.
Bailó hasta los 70 años, fue encargada de la dirección artística del Ballet Nacional de Cuba (compañía que fundo en 1948 bajo el nombre de Ballet Alicia Alonso). Una mujer que, tal y como explican sus más allegados, “ve más allá que los demás”.